ENTREVISTA CON MARTÍN ZAPATA, DRAMATURGO Y DIRECTOR DE TEATRO, AMIGO DE MARCEL SISNIEGA.

Decías hace rato que conociste a Marcel desde que eran jóvenes.

Sí, yo le llevaba tres años, tenía diecinueve y el dieciséis. Nos conocimos en una función de teatro en la escuela, teníamos amigos en común. Yo escribía en ese momento, Marcel también, después coincidimos en un taller literario, con Belano, un escritor chileno, y bueno, empezamos a ser muy amigos. Hicimos la primera película de Marcel, por ahí del 79-80, escribimos el guion, yo actuaba y él dirigía.

¿Qué tipo de cine le gustaba más a Marcel?

Coincidíamos mucho en gustos cinematográficos, a veces discrepábamos pero en lo fundamental coincidíamos, Tarkowski, Bergman, Fellini, Buñuel, siempre dijimos que eran los cuatro grandes. Cine de arte, que aportaba, complejo, él era muy exigente con los demás y consigo mismo, siempre lo fue.

¿Y en literatura?

Muchas cosas, leía muchísimo, pero Shakespeare sin duda fue su autor predilecto, lo leyó hasta el cansancio, incluso lo tradujo y escribió algo sobre él. Llegó a dominarlo, por así decirlo, al grado de desarrollar teorías alrededor de su lenguaje. Creo que fue una de sus más fuertes influencias en la vida.

Sabemos del Marcel ajedrecista por supuesto y de sus múltiples facetas, pero ¿cómo era como amigo?

Pues un excelente amigo, es difícil describirlo, éramos como hermanos ¿no? nos hablábamos cinco veces al día, nos preguntábamos qué leíamos, qué estaba haciendo el otro, para pedirnos consejos, darnos críticas él pensaba en un personaje y me hablaba por teléfono para ver qué opinaba yo. Mientras vivimos en la misma ciudad nos vimos todos los días, después él vivía en Cuernavaca y yo en Xalapa pero nunca perdimos el contacto, siempre nos hablamos. Pero luego él se fue a Xalapa, yo era director de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana y él era director de la escuela de cine Luis Buñuel, intercambiamos muchas cosas, éramos muy críticos el uno con el otro.

Dicen que él tenía una gran ética del trabajo

Por supuesto, era sí, una ética, una moral por el trabajo artístico, era muy duro, muy crítico, sumamente exigente. Y el primer filtro que tenían nuestras obras era el otro, él para mí y viceversa. Era al primero que se lo presentaba, y el primero que podía decir esto es absurdo, o esto está bien o le falta tal. Era una unión muy especial. 

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